Me compré una cafetera

Es Philips. Mi idea no fue gastar mucho -–después de todo solo quería que hiciera café-– pero al final me decidí por una con un excelente diseño y pagué un poco más. Es inevitable pelearme conmigo mismo: no podría tener una cafetera al lado mío que no esté excelentemente bien diseñada.

Cafetera Philips

Sin embargo, mi cafetera me es extraña. La siento compleja. No coincidimos, no tenemos piel; su belleza no radica en su simplicidad, sino solo en cuestiones superficiales y cosméticas. Me ha desilucionado por completo.

No hablo de la complejidad para preparar un café –después de todo, se trata de llenarla con un poco de agua, un par de cucharadas de café y esperar–-, sino hablo de la experiencia de uso: la complejidad para entender cómo preparar un café.

Les cuento una historia: hoy llegué a mi oficina y quise hacerme un café.

Abrí la tapa superior para ponerle un poco de agua, y ahí empezó el problema: tuve que pensar un poco para convencerme que el agua no mojaría algún circuito. Al no tener un contenedor con una forma identificable para mí –en forma de tubo, tal vez– mi cerebro me decía que estaba poniendo el agua en el lugar equivocado. Además, el contenedor es tan chico –por una cuestión estética– que debo tener mucho cuidado en no voltear agua fuera del recipiente, lo cual es frecuente si estoy distraído.

Luego, cuando agarré el recipiente en donde se filtraría el café ya preparado, sin querer mis torpes dedos tomaron la parte superior del mango y su tapa se levantó, desbalanceando el objeto. Me asusté. Qué pasaría si hubiera tenido café caliente, recién hecho? “Tal vez podría quemarme” me dije. El contenedor cumple dos funciones: cargar agua y tener el café filtrado listo. Dos funciones para un mismo objeto. Entonces, mi cabeza tiene ahora que pensar en no tratar de equivocarse de nuevo, y agarrar el mango pero sin tocar su parte superior accidentalmente.

Cuando fui a buscar el café recien preparado, levanté la tapa superior y casi doy vuelta la cafetera: demasiada fuerza aplicada en un punto que la desequilibró.

Al final del día, luego de esta ardua tarea mundana y de oficina, mi cerebro debe ahora entender que el acto de preparar café es sumamente complejo y debe hacerse con precaución, solo por manos delicadas, bajo supervisión y en un entorno controlado.

O no.

Los productos que compramos, que usamos todos los días, son pésimos. Son complejos: nos obligan a pensar para usarlos. El pensamiento racional para entender cómo funciona un producto es su barrera de entrada y los manuales de instrucciones son la barrera por excelencia en el diseño de experiencia.

El problema no es el qué, sino el cómo. Cómo hace café? Cuales son los pasos que hay que seguir para hacer un café? Qué tengo que pensar para hacer café? Después de todo, porque tengo que pensar en primer lugar cómo hacer una tarea tan pero tan sencilla?

Es por eso que los productos de Apple son tan geniales: el diseño de experiencia está tan bien pensado e integrado con el diseño del producto que no nos enfocamos jamás en el cómo, sino en el qué. A mi no me importa saber cómo hace esta máquina fabulosa para funcionar, solo me interesa saber qué puedo entrar a Internet y escribir un post en mi blog.

Ahora vuelvo. Creo que necesito un café…

El subte de Buenos Aires, con WiFi. “Francamente, no creo que sea una gran idea andar por los andenes y pasillos con una notebook, a menos que tengan muchas ganas de ser robados (…)”. Tal cual. Me cansé de que me abrieran la mochila cuando estaba en Baires … hasta que con 3 candados se solucionó todo.

Argentina: Cuando las cosas no funcionan (Segunda Parte)

Vivir en Argentina es divertido. Porque no hay otra forma de ver a los problemas diarios que tenés cuando lidiás con gente incompetente que realmente no valora tu tiempo para nada.

Ya hablé de trámites de DNI que demoran meses. Ahora quiero tomarme unos minutos para hablar de los sistemas CRM/IVR de empresas supuestamente fuertes y con buena espalda (Banco Francés, Ciudad Internet) que al final del día no terminan sirviendo para nada más que hacerte perder tiempo, dinero y pasar un mal gusto.

En esta ocasión tuve que interactuar con estos sistemas para hacer dos simples acciones: Cancelar mi cuenta de Vontel (no la uso jamás, nunca me funcionó como debería, y ellos me siguen cobrando todos los meses) y por otro lado, pedir una reposición de mi tarjeta bancaria, que se me quebró hace un par de días por el desgaste natural en los plásticos.

Situación 1: Vontel

Como es lógico, primero intenté llamar al 112 de Vontel para explicarles, amablemente, que quería cancelar mi cuenta. Un robot (ejem, un operador de call center), me dijo que debo llamar a “Atención al Cliente”, al número X. ¿WTFF? ¿No estaba hablando con Atención al Cliente?

Llamé a este número y me dieron otro número para llamar. Luego de varios intentos, metiendomé en los menúes del IVR, probando cada opción para ver si podía hablar con una persona, pude hablar con otro robot, que me explicaría luego que para cancelar la cuenta debo llamarlos de nuevo el Lunes y gestionar el trámite ante “Administración”. No quiero ni siquiera imaginarme la cantidad de tiempo que voy a perder con estos tipos de “Administración”. Estoy seguro que me van a tentar quedarme en Vontel y venderme alguna otra truchada en la misma conversación. Pero esto será el Lunes.

Situación 2: Banco Francés

Lo del Banco Francés fue mas divertido aún. Como jamás tengo dinero en efectivo (siempre uso cajeros y mucho home banking), mi tarjeta inevitablemente se quebró por el uso. Fuí a la sucursal del Banco Francés que me emitió el plástico y les pedí, amablemente, que me repongan una tarjeta, que “sin esta tarjeta casi que no puedo vivir”. ¿Su respuesta? “Tenés que llamar a este número y tenés una demora de 15 días”. ¿WTMF? ¿Cómo puedo tener una demora de 15 días para una simple tarjeta? ¿Qué las hacen de oro?

Llamé al número que me dieron, pero al parecer me dieron un número equivocado, pues me atendió el contestador de una casa de familia. Llamé al número que figura atrás de mi tarjeta (no me quiero imaginar si la tiraba) y me dijeron que es el banco el que se ocupa de reponer las tarjetas quebradas/gastadas.

¿Incongruencias en la comunicación? Sí y muchas. ¿Fallas en los CRM? En todos lados. ¿Robots de call centers que no sirven para nada? A patadas.

Resultado: Casi 5 horas de trabajo perdidas por lidiar con estúpidos que no entienden que el cliente no quiere hablar con un robot, quiere hablar con una persona y solucionar sus problemas de la manera más rápida y menos dolorosa posible.



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